dimecres, 16 de maig de 2012

NUEVA VINDICACIÓN DE NUNES, EL INTRÉPIDO




Unos días atrás se cumplieron  dos años de la muerte de José Maria Nunes. Más allá de sus amigos, de los fieles seguidores de su obra, no hubo grandes recordatorios, los medios especializados, las publicaciones culturales, mantuvieron la coherencia respecto a la atención que habían prestado al cineasta en vida: ninguna. O muy poca si la comparamos con los agasajos continuos que dedicaron a otros directores de cine de la generación de Nunes.

Ese es el mayor problema con el que se encontró “el cineasta intrépido”: tuvo la mala suerte de que los nunesófilos nunca hemos tenido capacidad operativa en los engranajes del poder cultural. Claro que contaba —y cuenta— con un nutrido grupo de personas que reivindica(ba)n su cine, pero nuestro fracaso es mayúsculo cuando todavía no hemos conseguido que nuestra exaltación del personaje y de su obra se haya concretado en la divulgación de sus películas (en la edición en DVD de algunas de ellas, por ejemplo) y en su permanente estudio. Existen iniciativas, pero no del calibre que otros tuvieron, o tienen.

No me andaré por las ramas. Joaquín Jordá y Pere Portabella han tenido un conocimiento y un reconocimiento infinitamente mayor que el de Nunes. ¿Por qué? Acaso, ¿la obra de estos dos cineastas es tan proporcionalmente mejor que la del autor de Noche de vino tinto?  Habrá personas que lo sostengan y otros que sostengan lo contrario. Pero lo objetivo es que unos tuvieron trampolines institucionales des de los que se difundieron y se valoraron sus trayectorias y Nunes, por el contrario, se mantuvo siempre ajeno a ese cobijo. Cabe recordar que Jordá fue legítimamente recuperado y convertido en referente por un grupo de intelectuales que, no solamente tenían opinión, sino que disponían de medios y lugares (el máster de documental creativo de la UPF, el CCCB, el suplemento “Cultura/s” de La Vanguardia) para materializar esa opinión. Esos mismos medios y lugares, junto a la decidida intervención del MACBA, permitieron que la obra de Portabella se encaramara a la más alta consideración, no ya del sistema cinematográfico, sino del mundo de las artes visuales, en general.

Que los maliciosos no tomen mis reflexiones para lanzarlas contra mí y, si acaso, contra Nunes. Las películas de Jordá y de Portabella me parecen sumamente interesantes. O, para ser estrictos, algunas de sus películas, no todas; lo mismo me pasa con Nunes, así lo he escrito; abjuro de los excesos, de las hagiografías y de las unanimidades. Y en las operaciones de difusión de aquellos directores y el silenciamiento de otros, de Nunes, había algo de todo ello.

Eso ya le pasó a Nunes mientras vivía, y se lo tomaba con su proverbial sentido del humor. Pero también con la sagacidad intelectual a la que nos tenía acostumbrados. No dejaba de insistir en la broma que significaba que el poder cultural democrático lanzara operaciones de reconocimiento de cineastas venidos de la burguesía catalana mientras que se olvidaba de artistas instalados en la pobreza. Aunque fuera esa pobreza tan creativa y tan molesta para ciertos personajes del sistema como la que nuestro amigo ostentaba.

Nunes nos dejó hace dos años. Le recuerdo más a menudo de lo que yo mismo hubiera previsto. Hecho en falta su amistad. Pero hoy no quería escribir sobre él como amigo, sino como uno de sus estudiosos. Porque en los tiempos que corren, con la derecha campando a sus anchas, con la izquierda (ellos mismos así se denominan) atónita y sin responder a los embates salvajes del capitalismo, con un control policial dictatorial en manos de eunucos mentales, con situaciones humanas de calamidad extrema… el cine de Nunes es una posibilidad de choque de matriz individual, de reforzamiento del “yo” frente a la barbarie colectiva (recordad que el solía decir que la solidaridad era una entelequia, que solamente el egoísmo, en el sentido de culto al individuo, podía llevarnos a ayudar al otro). Algunas de sus películas son una fuente de sabiduría renovada, la experiencia de verlas, con sus distorsiones, con sus desvaríos incluidos, no pueden hacer más que contribuir a ver el combate desde un orden distinto.

He escrito antes que el mayor problema con el que se encontró José Maria fue que sus amigos, con excepciones, no teníamos acceso a los engranajes del poder cultural. Si lo pensamos bien, quizá esa fue, muy al contrario, su mayor suerte. Seguro que él lo vería así. Si su obra, si su propia figura hubiera sido rescatada e institucionalizada como la de otros, tal vez ahora no tendría ese valor de permanente voluntad de cuestionamiento y, en consecuencia, demolición.