dimarts, 26 de juny de 2012

El catalán y la ignorancia de los bárbaros

                                                          Imatge: Rafael López

El atrevimiento de la incultura no tiene límites. Cuando los incultos tienen la capacidad de gobernar la extralimitación llega a extremos enfermizos. En los últimos tiempos, la barbarie de la incultura la ha vuelto a tomar con la lengua catalana, y los tontos y los incapaces han empezado a aplaudir. Ya se sabe: me refiero a las actitudes extremamente hostiles de los gobiernos de las Illes Balears y de Aragón en contra del catalán. En el último caso, la broma es que el gobierno aragonés, para no denominar a la lengua catalana por su nombre, la ha rebautizado como “aragonés oriental” (sic). Una vez más, la ignorancia galopando de forma desenfrenada, los atrasados, los del cerebro baldío confundiendo la política con el conocimiento, atacando a una lengua para congregar simpatías políticas, no por merecimientos propios, ellos que nos han sumido en esta espectacular crisis moral, sino por el simple deseo de enfervorizar a los estúpidos, a los ignaros. Hace años ya se aceptó ese ataque a la razón que supone considerar que el catalán y el valenciano son lenguas distintas cuando la ciencia —y el sentido común— saben que eso no es así. Y, claro, cuando la razón es contrariada, los crápulas se sienten tan a gusto en el marasmo de la sinrazón.

No me preocupan los que me insultarán por mis opiniones.  La incultura es un  virus que se propaga con facilidad, el ataque a la lengua catalana —y a sus hablantes—es un síntoma de estar incubando ese virus, los que vociferan en contra del catalán sin conocerlo demuestran que ya han desarrollado sin remedio la enfermedad. Insisto, los enfermos de barbarie no me preocupan. Me inquietan mucho más los que callan. No entiendo a los españoles cultos que, frente al brutal ataque a una lengua por motivos estrictamente políticos, responden con el silencio.

Se puede disentir de la política de todos los gobiernos, pero nunca se debería atentar contra la dignidad de unos ciudadanos que hablan una lengua más, distinta a la común de España, según los textos legales vigentes. Esos ciudadanos deben ser protegidos y las lenguas que hablan (no solamente una, todas las que pertenecen al acervo cultural de un territorio), también. Los que vociferan (esto es, los enfermos) y los que callan cómplicemente, vuelven a dejar claro que la convivencia con los incultos prepotentes es imposible. La crisis económica produce dramas humanos tangibles; la crisis moral, la que produce que los ignorantes, los rabiosos, los patanes puedan llegar a gobernar, no se nota en primer término, pero los resultados son potencialmente devastadores.