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UN ARTISTA HACE VISIBLE A UN ANARQUISTA


UN ARTISTA, GONZALO ELVIRA, HACE VISIBLE A UN ANARQUISTA, SIMON RADOWITZKY, Y ASÍ SE CUMPLE AL MENOS UNO DE LOS OBJETIVOS DEL ARTE, DE UNA EXPOSICIÓN.

Paso previo: la Virreina vuelve a dar una lección de agilidad en la programación de un centro público de la ciudad de Barcelona. Presenta una exposición de nivel estratosférico, la de Paula Rego, titulada “Léxico familiar” al lado de la exposición que quiero comentar en estas líneas. Además, en la Virreina hay actividades que van más allá de las exposiciones, que interrogan a los individuos y, por tanto, a la ciudad. El artífice de todo eso es Valentín Roma y su equipo, y su agilidad, su capacidad de trabajo y, sobre todo, su inteligencia en la programación están dejando en ridículo a equipamientos mucho más… mucho más lo que cada uno quiero poner ahí, aunque parece que, en realidad, son mucho menos que la Virreina a pesar de… que cada uno ponga aquí también lo que considere oportuno. Por cierto, sobre la exposición de Paula Rego recomiendo el texto que Fede Montornés ha publicado en su blog, ¿quién puede decir algo más lúcido?: aquí el enlace.

En la Virreina, al lado y, por tanto, en un diálogo natural con las obras de Paula Rego, hay una exposición que me ha fascinado, en su proyecto y en su ejecución. Me refiero a la exposición “155. La balada de Simón”, en la que Gonzalo Elvira se centra en la figura de un viejo anarquista, Simón Radowitzky. Un paréntesis: tengo la impresión de que tomamos poco en consideración que cuando el visitante entra en un centro de arte, las exposiciones que están allí programadas dialogan con él aunque sea de forma involuntaria. ¿Qué tienen en común la obra de Rego y el proyecto de Gonzalo? No tengo ni idea, pero están allí y entablan conversaciones en las que el espectador participa, quiera o no. Si la exposición de Gonzalo estuviese presente junto a otra que no fuera la de Paula Rego, no digo que la percepción de su trabajo fuera distinto, pero al salir de su sala tendríamos otras miradas con lo que nos encontraríamos. Y viceversa. Cierro el paréntesis.

Gonzalo ha cogido la figura de Radowitzky como antes se había centrado en la Bauhaus o en los episodios de la Setmana Tràgica (1909) en Barcelona o la Semana Trágica(1919) en Buenos Aires. Él trabaja en proyectos, como tantos otros artistas de nuestro tiempo y, en realidad, de tiempos anteriores, las brutales series de 1927 de Joan Miró no dejan de ser proyectos muy planificados, aparentemente formales, pero que no lo son según mi entender. Sus proyectos los desarrolla bajo la técnica del dibujo. Quién no conozca su obra, puede pensar en el dibujo como algo antiguo, pero el dibujo sigue siendo una base técnica y performativa para muchos artistas. Por otra parte, hablar de Gonzalo Elvira como simple dibujante sería delimitar una manera de afrontar lo que más me fascina de sus proyectos: consigue visualizar unos hechos, unos personajes, unos episodios de la historia a través del arte, ni más ni menos.



El arte como visualidad. La visualidad como arte. En otras ocasiones he manifestado la convicción de que la palabra arte, con todas las contaminaciones ideológicas que arrastra, es indigerible en nuestra época. Gonzalo Elvira acude a unas técnicas de representación (sus dibujos en positivo, a base de la superposición de líneas; sus imágenes en negativo, substractivas…) para visualizar algo. En esta ocasión, su trabajo adquiere a mi modo de ver un mayor calado, puesto que el motivo de proyecto, Simón Radowitzky, llega a nuestra época con pocas imágenes de su paso por el mundo. No parece sorprendente: los anarquistas son, en general, los grandes ausentes de la historia de la disidencia; no contaban con grandes aparatos de propaganda; sus acciones partían de compromisos radicales con una forma de entender el individuo, la vida humana en sociedad, también; no ocuparon el poder, tampoco lo quisieron posiblemente, y ya sabemos que el poder genera visualidad triunfante.

De Simón Radowitzky, como de Victor Serge, como de tantos otros anarquistas de principios de siglo XX y hasta el estallido de la segunda guerra mundial, no había demasiadas imágenes. Sabíamos de su existencia, de su periplo geográfico, del atentado que perpetró en Buenos Aires y que le persiguió durante su vida, como leyenda o como castigo, también de su paso por la guerra civil española... Pero las imágenes más conocidas de Radowitzky creo que tienen que ver con sus relaciones con la prisión, o las prisiones en las que ingresó o de las que salió. Ahí es dónde el trabajo de Gonzalo Elvira cobra una dimensión quizá nueva en su trabajo. Me explicaré. En los trabajos sobre la Bauhaus o sobre la Setmana Tràgica de Barcelona, el artista partía de un cierto grado de visualidad sobre los hechos, especialmente en el caso de la mítica escuela artística. De alguna manera las piezas que componen esos proyectos son relecturas visuales de imágenes más o menos conocidas. Aquí, en cambio, el trabajo del artista cobra una dimensión un poco, aunque sea un poco distinta: generar una nueva visualidad. Lo diré más solemnemente: hacer visible a Radowitzky, hace visible a uno de esos anarquistas que dieron su vida por un ideal de justicia e igualdad. No sé si para enaltecerlo o no, simplemente para equilibrar el peso de los vencedores de la historia, esto es, también, de la historia de la visualidad, siempre tan amarga para los perdedores.

Es cierto que en la exposición “La balada de Simón” abundan sus maneras de aproximarse a esa revisualización de otros de sus trabajos, imágenes enteladas, palos y cruces como señal del tiempo, la intervención en soportes disímiles (páginas de revistas, libros abiertos…)… No obstante, diría que estamos ante uno de sus proyectos más complicados. En ningún caso el trabajo final de Gonzalo Elvira es fácil, ¿por qué había de serlo?, nos propone que contemplemos una serie de imágenes que tienen que ver con un personaje de los que ya no abundan. Y en la propuesta hay implícito algo que no siempre encontramos en las exposiciones: la posibilidad del conocimiento. Es cierto que hay que estar predispuesto a ello: ver el trabajo de Gonzalo Elvira como la entrada de una enciclopedia, la voz de Simón Radowitzky, al que se restituye de su paso por la vida y de un rastro visual que no tiene recorrido en la realidad. Pero que tiene recorrido en la mente, en las manos, en el trazo, en el gesto del artista.

Gonzalo Elvira me aproximó a un personaje, Simón Radowitzky, del que sabía poco o nada. Y mediante sus piezas, no solamente apeló a mi sensibilidad, sino que, al mismo tiempo, interpeló mi entendimiento, mis ansias de conocimiento. Doble juego. Doble triunfo.

--> NB: Sueño con una operación similar realizada sobre la figura de Victor Serge, un personaje igualmente fascinante, y con lagunas visuales y de documentación que pueden ser todo un reto para Gonzalo Elvira. O para otro artista que pretenda restituir el pasado. O construirlo de nuevo.    




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