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SOBRE EL ODIO Y EL DELITO



Imagínese que ve un hombre con una nariz de payaso junto a un policía armado. El gesto del payaso no es rabioso, no es violento; por el contrario, es irónico o sarcástico, previo a la sonrisa. La figura del payaso, de hecho, siempre ha tenido una posición contestataria. Los grandes payasos de la historia crearon unos personajes que se enfrentaban al mundo, al orden establecido, aunque lo escenificaran mediante la pelea con una silla o cualquier otro objeto, sólo hay que ver las películas de Chaplin y Keaton para corroborarlo. Ahora imagine que uno de los dos personajes debe ser culpado por incitar a la violencia: el payaso pacífico que lleva una nariz roja o el policía que va atiborrado de armas intimidatorias. ¿A quién elegiría usted?

Ya lo sabéis, este payaso, aunque sea ocasional, tiene un nombre, Jordi Pesarrodona. Y ha sido acusado de incitación al odio por parte de la guardia civil. Pero no sólo él: un mecánico que se negó a arreglar un coche de la policía nacional también ha sido denunciado. Y tantos y tantos representantes públicos. Hablar de odio se ha puesto tan de moda que el sistema ha perdido el oremus. Como si de golpe todos los árbitros de los campos de fútbol se hubieran puesto a gritar cánticos gamberros como energúmenos.

No es necesario —o no tendría que ser necesario— ser independentista para ver que todo es una insensatez mayúscula. ¿Un payaso puede generar odio? ¿Un político que se presenta con un programa independentista —¡Ah !, legal— y que lo defiende pacíficamente promueve el odio? ¿Un mecánico que decide a quien atiende en su negocio es un fanático? Y yo me pregunto: ¿no genera más odio una carga policial por más amparo legal que tenga? ¿Una pistola o una porra no son signos mucho más preclaros de la violencia que una nariz roja? ¿Las desmesuradas cargas policiales que tienen consecuencias crueles, como la pérdida de un ojo (se llame la víctima Ester Quintana o Roger Español), no son muestras explícitas de odio? ¿Que el Ministerio del Interior español incite a denunciar delitos de odio en Cataluña desde su web, pero sólo en un sentido, el de la ley, y no se disculpen por la violencia ejercida por sus fuerzas policiales o incluso hagan burla de ella, no genera odio? ¿Qué unos políticos elegidos por el pueblo estén en prisión sin habérseles probado delito alguno mientras un miembro de la familia real vive a cuerpo de rey (¡nótese la maldita redundancia!) no es un hecho odiable en sí mismo?

¿Odiar es un delito? Según la legislación española, sí. No se me escapa que la designación puede tener de inicio una buena intención: perseguir los actos racistas, sexistas, de fanatismo religioso ... El problema es cuando un estado aprovecha esta legislación para ampliar la persecución a quienes, sin violencia, ponen en cuestión el propio estado. Todo el mundo recordará que cuando ETA estaba activa y hacía atentados nos decían que en democracia se podía defender cualquier idea siempre que no hubiera violencia. La trampa, ahora, es hacer pasar una nariz de payaso, la canción de un rapero, unos tuits, una broma sobre la muerte de Carrero Blanco o la obra de unos titiriteros como actos violentos. Y, a partir de aquí, el odio (o si la palabra es demasiado fuerte, el rencor) lo esparcen aquellos que dicen que lo persiguen.

El problema lo detectó hace muchos años Stendhal: 'He vivido lo suficiente para ver que la diferencia engendra odio.' Y miles de personas reclamando un nuevo estado o, más aún, muchos miles más reivindicando un referéndum son una diferencia al que el estado sólo sabe enfrentarse con el abuso de la fuerza, la cual se convierte, por fuerza, en un abuso.


Este artículo apareció el 13 de febrero pasado en Vilaweb en versión catalana. Desde entonces se sucede la persecución por delitos de odio: el escritor Jordi Galves; el director deportivo del Uni Girona, Pere Puig; y más y más y más...

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