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JOAN MIRÓ, SECUESTRADO



Joan Miró fue tentado por el régimen franquista en más de una ocasión. Como Picasso hacía un trabajo bestial de denuncia de la dictadura por todo el mundo, algunos mandatarios fascistas se acercaban a Miró para intentar ganarle de alguna manera a las hordas del franquismo. En 1959, por ejemplo, el artista recibió el Gran Premio de la Fundación Guggenheim en la Casa Blanca de manos del presidente Eisenhower y, en ese mismo acto, el embajador español, José María de Areilza, se acercó para pedirle algún tipo de gesto hacia Franco. Él se negó. Se equivocaban los fachas de entonces al suponer que, como Miró no había elegido el camino del exilio, podrían usarlo para aparentar una modernidad cultural que, en realidad, no existía.

En 1966, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la putrescencia fascista en el campo del arte, lo volvió a intentar. Sin que él supiera nada, lo propusieron como académico numerario. Y el artista catalán hizo pública su respuesta: aceptaría la distinción siempre que primero la propusieran a Picasso. La jugada era perfecta: de cara al exterior, el régimen quedaba retratado porque a esa bestia antifranquista nunca le ofrecerían nada. Y Miró dejaba constancia de su fidelidad absoluta a su amigo Picasso, como artista, pero también como artista comprometido con la República española.

Explico estas anécdotas porque Joan Miró fue un artista fiel a la democracia y al gobierno legítimo republicano. No optó por el exilio como Picasso, pero a pesar de vivir en la España dictatorial nunca hizo ningún paso que pudiera ser entendido como confraternización con el enemigo. Al contrario, ayudó siempre que pudo a las causas por la libertad, aquí y fuera, regalando obras o haciendo carteles gratuitamente para instituciones culturales y políticas. Y, sobre todo, hizo siempre una obra valiente, incómoda para los puritanos de todo el mundo.

Aquel enemigo de Miró continúa vivo; ha cambiado de fisonomía, de maneras de actuar, pero sigue instalado en el sistema. Lo diré con pocas palabras: el conservadurismo de los Trump, Macron, Bolsonaro, Salvini y de todos los 'nuestros' que queráis añadir son una versión más amable (o no!) de los fachas antiguos. Defienden una sociedad similar a la que defendían sus antecesores: la entronización de la riqueza; la salvaguarda de los suyos y la exterminación de los inmigrantes, de los ‘otros'; el control represivo de la disidencia ... Tienen el poder y lo utilizan para aparentar una normalidad democrática. Pero son muy peligrosos.

Dentro de esta normalidad que quieren aparentar, en París hay ahora una exposición sobre Miró en el Grand Palais. Una exposición grandilocuente, que ha costado unos cuantos millones de euros (millones, sí), que recibe colas de visitantes diarios. Todo normal, diréis. Todo normal excepto que han secuestrado aquel Miró que no quería saber nada de los conservadurismos recalcitrantes de su época, que lo siguen siendo en la nuestra. Es una exposición con las piezas de Miró más populares, con obras que provienen de todo el mundo y que, sin embargo, está pensada para amansar el espectador, para despojar la obra del artista catalán de toda su carga de combate y convertirlo en lo que los franquistas no lograron.

Algunos os debéis preguntar cómo puede interpretarse una exposición en un sentido ideológico. Y si os hacéis esta pregunta, en el mismo momento de formularla, ya estáis atrapados en esta 'normalidad' que quieren aparentar, en la que el arte no es más que un motivo decorativo. La exposición de ahora en el Grand Palais rememora la que el mismo centro dedicó a Miró en 1974. Entonces, Miró, con ochenta años, en vez de regodearse en el éxito que había conseguido en los ambientes artísticos internacionales, se reinventó, hizo una serie de obras para aquella exposición que demostraran que continuaba pensando en el arte como instrumento de revuelta, primero individual, con suerte, colectiva.

En cambio, en la exposición de ahora todo es edulcorado. Un ejemplo: el tríptico del condenado a muerte, dedicado a la figura de Puig Antich, está privado de su carga política, para hacer que los visitantes piensen que aquellas formas proverbiales son sólo y nada más que formas. Un segundo ejemplo: su compromiso con la República española está reflejado en un pequeño pasillo y en una escala de paso, no sea que los fachas españoles de ahora se sintieran incómodos rememorando la lucha contra, mutatis mutandis, los fachas españoles de antes. Las exposiciones no son neutrales, de ninguna de las maneras. Y a Miró lo han secuestrado para mayor gloria del conservadurismo francés, del conservadurismo mundial.

La fotografía del presidente francés y del monarca español el día de la inauguración de la exposición es una prueba irrefutable de las estrategias de control del mundo de la cultura por parte del poder despótico. Un día dejan morir inmigrantes en alta mar; otro encarcelan artistas y defensores de la libertad; el siguiente golpean a los ciudadanos que se sublevan contra las injusticias; desahucian casas y más casas para que los bancos puedan hacer negocios ... Y los días de fiesta, van a inaugurar exposiciones como si no pasara nada grave. ¡Qué asco!

Nos han secuestrado a Miró. Sólo nos queda reconquistarlo y recordar constantemente que fue un artista rebelde. Y que su obra lo sigue siendo.

NB: La versión original de este texto, en catalán, se puede encontrar en el siguiente enlace.

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