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ALGUNAS (DE MIS) VERDADES SOBRE JAUME PLENSA





En los últimos días me he encontrado en varias conversaciones en las que se debatía sobre la obra de Jaume Plensa y sobre la idoneidad de su exposición en el MACBA. Y algunos incluso han mostrado su perplejidad por mi oposición a la exposición en el MACBA y mi poca aceptación de la obra del artista catalán. En este texto, intento resumir algunos de los puntos que sustentan esa oposición y ese rechazo.  

1. Acepto, por supuesto, que hay gente a quién les gusta la obra de Plensa.

2. Pero el gusto (eso tan liviano y cambiante, individual y colectivamente) no puede ser el fundamento de un debate. Ni en el caso de Plensa ni en ningún otro caso de la historia del arte y del arte contemporáneo. Porque si nos acogemos al gusto, más que de la obra de arte, acabamos por hablar de nosotros mismos. Y para hablar de arte debemos encontrar canales en los que nuestros gustos queden solapados por la posibilidad de un debate serio.

3. Por tanto, apliquemos sobre Plensa y su exposición en el MACBA criterios más que gustos. En ese sentido, no es en absoluto un criterio que como a mí me gusta una cosa, esa cosa es buena por definición. O, en el caso de los artistas, como lo he hecho yo, seguro que está bien. Ya lo decía Gombrich sobre Kokoshka: "En sus mejores momentos es maravilloso. Pero era como tantos artistas contemporáneos, muy poco crítico consigo mismo. Pensaba: como lo hago yo, debe estar bien hecho."

4. Un criterio podría ser que si a tanta gente le gusta su obra y visita la exposición del MACBA —por lo que parece— como ninguna otra es que hay que defender la iniciativa. Me parece una lógica peligrosa: porque si la aceptación de las masas (bueno, en cuestiones culturales lo de las masas siempre es relativo) es un criterio a seguir se debería ser coherente y saludar y aplaudir todos los grandes éxitos literarios de personajes mediáticos, los programas de televisión más vistos y, por encima de todo, el fútbol como arte a pesar de su despliegue alienante. Por regla general, abjuro o al menos desconfío de los blockbusters, sea en el campo de la literatura, del cine o del arte. Como decía el amigo José Maria Nunes: “comamos mierda ya de una vez porque millones y millones de moscas no pueden estar equivocadas”.

5. Lo mismo digo respecto a ser el artista catalán más internacional. No sé si esa afirmación responde a la verdad, deberíamos ver los fondos de los museos y de las colecciones del mundo entero para certificarla. En todo caso, el éxito en el campo del arte institucionalizado depende de criterios empresariales, no estrictamente    artísticos o estéticos; así ha sido en la historia del arte y así continua siendo, con todas las excepciones que uno quiera salvaguardar. A mí no me vale.

5. Otro criterio esgrimido para defender a Plensa es la “belleza” que genera su obra, las emociones que despierta. El artista siempre esgrime esa retórica para explicar su obra. Pero ese criterio sólo es válido —una vez más—des del terreno del arte sistémico, el del dinero. La presunta belleza de sus piezas (una vez más, apelación al gusto, algo que no nos permite sintonizar en un diálogo sin sensaciones individuales o grupales) se dirige en exclusiva a las clases sociales con un cierto poder económico. Y lo mismo digo de su obra pública, instalada de manera en general en ciudades del primer mundo.

6. Vayamos al MACBA. Un museo que ha enfatizado casi siempre, al menos durante las largas direcciones de Manolo Borja y Bartomeu Marí, que su espíritu era crítico con la sociedad de su tiempo, que entendían el museo como un escaparate en el que el arte debía incomodar al sistema, cómo puede explicar esa belleza de clase, ese arte acomodaticio, esas formas repetidas hasta la saciedad en los últimos quince años, por lo menos, de la factoría Plensa?

7. La factoría Plensa. Esa es una razón importante de mi desapego por su obra. Industrializar el arte, llenar el mundo de escultura pública tan parecida la una con la otra en ciudades de todo el mundo rico, en lugares privilegiados y/o gentrificados de esas ciudades, vuelve a ser una obtención empresarial. Claro que hay un dominio técnico, eso no se le discute, pero lo suyo tiene que ver con usar el arte para sustentar las desigualdades e injusticias del mundo en el que vivimos. Y, luego, sazonarlo con esa retórica del artista, apelando a la belleza, a las poesía, como ya he comentado.

8. En conclusión, aquí lo relevante no es si a mi me gusta la obra de Plensa o no. (Si alguien me regala una obra suya, la aceptaré con mucho “gusto”.) Para mí lo importante es tener criterios estéticos (que incluyen lo antropológico, lo social, lo político, etc.) para elucidar la obra de un artista y la utilización que las fuerzas políticas de un país o de una ciudad (el MACBA, la fundación MACBA, la prensa aristocrática barcelonesa…) realizan de una exposición para hacernos creer  que el arte, hoy, consiste en hacer piezas bellas. ¡Anda ya!

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