diumenge, 26 de febrer de 2017

I CONFESS. HE IDO A ARCO, Y NO SÉ POR QUÉ



Sí, lo confieso. Este fin de semana he viajado a Madrid y he visitado la feria de arte. La feria. ¡Feria!

Han pasado unas pocas horas y me pregunto: ¿por qué he ido allí? En realidad, la pregunta clave es: ¿qué hacía un tipo como yo en una feria —que quede subrayada la palabra— de arte si no tengo capital para poder comprar nada de lo que allí vi y me gustó (valor de uso)? Más aún: ¿si no tengo ningún sentido de la inversión financiera, del arte como valor de cambio, para qué me acerco a un sitio dónde venden arte? Podría argumentar que me sirvió para ver y hablar con muchos amigos, pero no sé si pagar un billete de tren y una noche de hotel es una buena excusa si a la gran mayoría de esos amigos los veo muy a menudo en mi tierra.

De pequeño me acercaba a la Fira de Barcelona, recuerdo el Salón Náutico o el Salón del Automóvil, no para comprarme barcos y coches, sino porque en algunos stands nos regalaban gorras, globos, carpetas… Pero en ARCO nadie regala nada; yo ya lo entiendo, aquello es un negocio (¡Feria!), pero pienso que si hubiera obtenido una gorra muy chula, las horas que pasé allí quizá hubieran obtenido una compensación, por nimia que pueda parecer. En ocasiones he visitado ferias de turismo y allí te ofrecen a probar (con moderación) tipos de queso, un poco de jamón o una copita de vino. Pero todos los que acudimos a una feria de arte sabemos que todo lo relacionado con arte debe ser compensado, con dinero o con especias, yo mismo vendo mi fuerza de trabajo como escritor, como docente o como comisario. También es cierto que en no pocas ocasiones yo y mis colegas regalamos con ilusión una parte de esa fuerza de trabajo, la descapitalizamos. Pero en una feria de arte, eso no ocurre, no puede ocurrir. Es imposible y no puede ser, que diría alguno de esos políticos tontos que defienden con tanto ahínco el capitalismo.

Por tanto, ¿para qué he ido a una feria de arte? Si no puedo comprar y no me regalan nada, ¿qué hacía yo allí pretendiendo que soy un experto, un entendido? Sin embargo, me digo a mí mismo, si soy experto en algo, es en arte o en un cierto tipo de arte o en un pensamiento determinado sobre arte o en algo que mi trayectoria intelectual pueda avalar de algún modo, una competencia en algo, ¡eso espero!. Pero para nada soy experto en mercado de arte. No sé los gustos de los grandes o medianos coleccionistas. Y no sé, tampoco, en qué grado (alguno hay, eso lo entiendo) sirve esa información para mi trabajo. En todo caso, en esa feria no captas el momento actual del arte, suponiendo que eso exista, ¡no engañemos o no nos engañemos!; si todo va bien, captas las apuestas de unas galerías de arte por unos artistas o por unas obras para que los que sí disponen de un peculio personal (o institucional) descarguen allí una parte de su riqueza.

Conclusión: es absurdo que yo vuelva a visitar una feria (¡feria!) de arte como ARCO. Sé muy bien que el arte y el mercado del arte no están desconectados; nunca lo han estado, los que consideramos grandes artistas del Renacimiento y del Barroco reciben esa consideración porque recibieron encargos, en caso contrario hubieran sido olvidados por la historia. También sé que hoy en día, en el mundo capitalista, los galeristas y los artistas que están representados por unas galerías no dejan de ser trabajadores como cualquiera otros, rigiéndose por la ley de la oferta y la demanda. No se me escapa, tampoco, que en la propia feria vi galerías y artistas que están allí para aprovechar las grietas que muestra el propio sistema, o que eso nos pensamos, quizá con ingenuidad.

Quiero decir con todo ello que este texto no es un libelo contra nadie. Cuando algunos alumnos, en la universidad, lanzan andanadas contra los galeristas, casas de subastas y demás muestras del capitalismo financiero aplicado al mundo del arte por los precios tan astronómicos que pueden llegar a tener objetos artísticos aparentemente tan simples, de una fragilidad o costumbre tan preclara, siempre les respondo que sería mejor concentrar su rabia, su espléndida intuición de la necesidad de imponer una justicia social, hacia arriba, hacia políticos, banqueros, monarcas e instituciones supranacionales. El mercado del arte es una broma comparado con otros asuntos sucios en los que se mueve el sistema que nos constriñe.

En resumen, cuando me pregunto ¿qué hacía un tipo como yo en una feria de arte si no tengo capital para poder comprar nada de lo que allí vi y me gustó?, no respondo por nadie más que por mí mismo: no hacía nada útil. ¡Debo recordarlo el año próximo!


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(Este texto es, más o menos, la respuesta extensa a la pregunta que la artista Antònia del Rio realizaba en el stand de Sic Art Edicions, en el espacio ocupado por Ars Libris.)

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