diumenge, 27 de febrer de 2011

GRAFITIS, ARTE Y POLÍTICA. (O los vándalos son ellos)


¿Epílogo o Preámbulo? (Junio 2011)



El texto posterior apareció en mi bloc “Pensacions” en febrero de 2011. Con posterioridad a esa fecha, la Plaça de Catalunya de Barcelona ha continuado siendo lugar de encuentro de personas que cuestionan la validez del sistema parlamentario actual, sometido a los dictados del capital. Y que cuestionan, también, los medios de información y de opinión que deben velar para que la verdad, plural, si no paradójica, nunca unívoca, como ahora, sea transparente. La pintada a la que me refiero más adelante, “això no és crisi, se’n diu capitalisme”, fue realizada, como menciono, por el “moviment del 25” poco antes de la huelga general del 29 de septiembre.
He querido recordar este pasado tan cercano porque es en él dónde podemos encontrar el referente más próximo a la nueva protesta en contra de las desigualdades sociales que ha tenido lugar durante los meses de mayo y junio de 2011 a partir de la consigna “Democracia Real Ya”. La Plaça de Catalunya volvió a alojar a una gran cantidad de personas de todas las edades que mostraban su desacuerdo con el sistema imperante, mediante manifestaciones y acampadas, incluso a pesar de la violencia ejercida por la policia autonómica para erradicar la corriente de indignación.

Lo que quiero consignar aquí es que, durante todos estos meses, la lona publicitaria seguía allí instalada, en innumerables fotografías y grabaciones viodegráficas de las asambleas, del campamento o de los ataques policiales se encuentra de fondo el anuncio de la marca automovílistica. No sé si detrás de la lona seguía esgrafiada sobre la pared del edificio la frase que nos indicaba que el mal es el capitalismo, pero su presencia metafórica era palpable. La lona había nacido para ocultar, para silenciar el certero diagnóstico. Sin embargo, la lona de mayo de 2011 no es la misma que sirvió para cubrir el “això no és crisi, se’n diu capitalisme”. En un cierto momento, el Ayuntamiento permitió que, en lugar del anuncio original, canónico, una foto del coche y unas frases dirigidas a sus potenciales compradores, se colgase otro gigantesco lienzo con una estrategia publicitaria mucho más tendenciosa. Ahora, permanecía el logotipo y el nombre de la marca de coches, pero en lugar de la fotografía del vehículo aparece una imagen colosal de un primate y dos frases: “encara penses que les bèsties no estimen” (¿Todavía piensas que los animales no aman?) y “una altra forma de pensar és possible” (Otra forma de pensar es posible). ¿Qué tiene que ver ese mensaje filosófico con la industria automovílistica? Nada, sin duda. Si no fuera de mal gusto, podríamos decir que el diseñador del anuncio es otro indignado más y que participa de la idea, singularmente cierta, de que hay otra manera de ver las cosas. ¡Qué mundo!

TEXTO ORIGINAL (febrero 2010)

Parece existir un rumor que se extiende por la sociedad con velocidad intangible para demonizar la práctica de las pintadas urbanas, de los grafitis. Políticos y periodistas se apresuran a reclamar civismo, limpieza, orden y persecución de los llamados vándalos. Además, la estrategia es lúcida: nunca hacen distinciones entre los jóvenes que, con un espray, dejan una marca propia en un elemento urbano de aquellos otros que realizan un diseño previo de su grafiti y a los que les mueve una intención reivindicativa evidente.




En el caso de los políticos presuntamente de izquierdas de la ciudad de Barcelona que prohíben sin excepciones la práctica de la pintada urbana, la cosa resulta ciertamente curiosa. Durante la dictadura y durante unos prolongados años de la llamada transición, los partidos que ahora persiguen, multan y criminalizan a los grafiteros promovían ellos mismos la práctica de pintar una pared urbana con un motivo visual y un lema de reivindicación social, económica o ideológica. (El historiador Alexandre Cirici reflejó esta práctica, en 1977, en su libro Murals per la llibertat.) Su argumento debe ser que, ahora, con la democracia, aquella forma de expresión ya no es necesaria. Lo espurio de tal comportamiento es, sin embargo, que quién decide cuando un grafiti es necesario (o, simplemente, posible) son ellos mismos; y, más aún, cuando, aunque ahora tengamos un sistema democrático y antes estuviésemos bajo el atropello de una dictadura, muchas de las reivindicaciones que entonces albergaban las pintadas son plenamente actuales. Y los políticos demócratas no son capaces de resolverlas.



El paisaje, pues, resulta un paradigma de la hipocresía: los problemas de desigualdad social persisten si no se acrecientan con la crisis económica que nos sacude a todos, aunque más a unos que a otros; pero los políticos no permiten que la juventud deje aflorar sus inquietudes, sus necesidades, sus protestas porque quieren que la ciudad se convierta en un aparador aséptico y reluciente. El “Barcelona posa’t guapa” es uno de los insultos a la razón mejor perpetrados durante un demasiado prolongado espacio de tiempo. Sobre todo cuando, como en el caso que aquí explico, se prohíben las pintadas “vandálicas”, pero se permiten otras ocupaciones de los escenarios urbanos, los ejecutados por la publicidad.


Quiero remitir al lector a las dos imágenes que acompañan a este texto. ¿Qué diferencia hay entre ellas? Las dos reflejan el mismo edificio de Barcelona, en el corazón de la ciudad, Plaça de Catalunya esquina con Passeig de Gràcia, el mismo emplazamiento en el que había estado el mítico Hotel Colón, posteriormente “ocupado” por el Banco Popular de Crédito. Ahora, el edificio está en fase de rehabilitación, supongo. Poco antes de que empezaran las obras, el “moviment del 25”, un movimiento que, frente a las injusticias del sistema, y la inoperancia de los “servidores públicos” para solucionarlas, llamaba a la huelga social, a la respuesta ciudadana, realizó esta pintada caligráfica: “això no és crisi, se’n diu capitalisme”, se podía leer. Es decir: “Esto no es crisis, se llama capitalismo”. Ya me puedo imaginar la indignación de tantos y tantos corifeos del sistema, del aparador barcelonés. Suerte, debían pensar, que la frase estaba escrita en catalán y muchos turistas no entenderían la profundidad que encerraba la simplicidad del enunciado, nada menos que esgrafiado en la fachada de un antiguo banco.


Pronto se encontró remedio al acto “vandálico”. La frase fue ocultada, pero ni siquiera hizo falta contratar a una brigada de limpieza. Toda la fachada fue cubierta por una gran lona en la que se anuncia la marca de un coche. ¡Qué metáfora tan esclarecedora! La imagen publicitaria de un coche ha substituido una frase (“esto no es crisis, se llama capitalismo”) cuyo mensaje explícito y primordial era denunciar, precisamente, el mensaje inherente o implícito que contiene la súper lona en la que se anuncia un vehículo: el mal es el capitalismo. La hipocresía llevada a su máxima expresión: el Ayuntamiento de Barcelona prohíbe los grafitis, las pintadas políticas, por vandálicas, incluso aquellas que, hipotéticamente, deberían sintonizar con el ideario de los partidos de izquierda. Sin embargo, tolera que la plaza más emblemáticas de la ciudad sea invadida, “okupada”, por una inmensa lona, por un toldo que, en lugar de cuestionar el mundo injusto en el que vivimos, nos sumerge con mayor aparatosidad en sus inmundicias.

A mí que me perdonen. Estoy dispuesto a discutir si, desde registros estéticos, la práctica del grafiti es un arte o no. Pero no me encontrarán en su prohibición. Especialmente, si la alternativa a la pintada urbana es, como en este caso, la publicidad más salvaje, por más que los vándalos institucionales la sancionen con sus miserables ordenanzas.

diumenge, 20 de febrer de 2011

"Opi i sardines": rapsòdia en clau de jazz


Opi i sardines: rapsòdia en clau de jazz


Cesc Martínez acaba de publicar una molt bona novel•la dins de l’editorial La Magrana. Per què escric que és bona? Primer, perquè, com tot bon exercici d’escriptura permet que s’hi acostin lectors amb expectatives diverses. Qui busqui endinsar-se en una trama detectivesca, ho té servit. Un professor d’institut troba una fotografia dins d’un llibre que havia perdut, i el desig de saber qui són els personatges retratats, un dels quals està marcat per una creu, el portarà a mirar de recompondre (i nosaltres, amb ell) un puzle que conté tots els al•licients del thriller: ambients sòrdids, personatges que viuen en un món tancat, perdedors de mena, la presència constant de la nit, també algunes escenes de sexe… L’interessant del cas és, però, que les pàgines del llibre permeten molt més que això, aquesta trama està farcida d’elements que només la bona literatura ofereix: més que entretenir-se en grans descripcions decimonòniques de personatges i ambients, Cesc Martínez coordina la reconstrucció dels fets amb lúcides i sovint iròniques reflexions sobre el nostre temps, sobre la memòria històrica, sobre l’irrefrenable consumisme dels nostres coetanis, també dels presumptament progressistes.

Segon, la novel•la transcorre a una ciutat, Sarmenta, que l’autor rescata de la literatura de Josep Pla. Però Cesc Martínez no fa (sortosament, m’apresso a afegir) res que s’assembli a la tan desmesuradament elogiada escriptura planiana. Ben al contrari, Opi i sardines és un relat a voltes espasmòdic, postmodern, que ens porta per temps de ficció diferents, per mirades de personatges sorprenents (com la d’un mort i enterrat en un cementiri). L’encert del cas és que tots aquests registres, com si es tractés d’una rapsòdia romàntica, van lliscant un rere l’altre, o un al costat de l’altre. La novel•la, així, té una concepció si es vol clàssica, però la seva resolució formal és digna dels nostres temps.

I tercer, hi ha una cosa que m’agrada especialment de l’obra de Cesc Martínez, l’ambient en què ens situa, fet de jazz i anarquisme. No vull dir que es faci cap apologia concreta ni d’un estil musical ni d’una ideologia política, de cap de les maneres. Però el rerefons, l’imaginari per on es mouen els personatges, per on l’autor emmarca el procés de lectura, col•loca en primer terme els anhels de llibertat, ni que siguin contradictoris, que presideix la música de jazz. I també rescata la problemàtica situació del corrent llibertari a la Barcelona franquista i postdictatorial.

Una precisió final. Acostumats com estem a què la crítica, més que exercir l’opinió que s'espera d'ella, això és “crítica”, es dediqui als textos balsàmics, a fer fregues als seus amics, he de confessar que conec Cesc Martínez. Però, ho cregueu o no, no és això el que em mou a recomanar vivament el seu Opi i sardines.