
Nunes nos ha dejado. El pasado miércoles 24 le despedíamos una multitud, y otros muchos no pudieron acudir, pero también estaban allí, estábamos todos aquellos que habíamos recibido aquella carta a la que él se refería cuando hablaba de su cine: se dirigía a cada uno de nosotros desde la pantalla, con sus películas.
Soy poco amante de las necrológicas: casi siempre parten de una falta de sintonía entre los que conocieron al personaje y gozaron de su amistad y aquellos que leen unas alabanzas que pueden sonar a huecas o, peor incluso, a repetidas. Y, sin embargo, no puedo dejar pasar la oportunidad de atenuar algo el vacío que me ha dejado o que me está empezando a dejar su ausencia, el pensar que no podré volver a oírle, a verle, a abrazarle…
José María me
presentaba en los últimos tiempos como “su biógrafo”, creo que el libro que escribí sobre su cine significó para él una alegría, espero que fuera así porque lo escribí para él, y, con él, para todos aquellos nunesianos que no necesitan justificar todos los planos, los ritmos, las disrupciones, los diálogos, también los tropiezos y las exageraciones de sus películas, porque todo lo que contienen esas películas no eran más que un trozo de esa intrepidez con la que me aventuré a definir al cineasta, al individuo, al amigo.

Una de las facetas más bondadosas de Nunes es que sacaba de todos nosotros lo mejor de cada uno. Todos los que le queremos tenemos nuestros recuerdos salpicados de recuerdos suyos, de anécdotas compartidas, de tertulias, de vinos, de correrías, de pensamientos fugaces, también soberbios, con los que disfrutaba como un niño. En mi caso, guardo unas cuantas de esas anécdotas, entre ellas, un paseo sublime por Lisboa, a dónde habíamos ido a presentar nuestro libro, caminamos cuatro o cinco horas por la ciudad, se paraba en los sitios más originales, contándome aspectos de su relación con Portugal, de su familia, de sus aficiones. Recuerdo cómo se acercó a la estatua de Fernando Pessoa que hay frente a la cafetería La Brasileira y se abrazó a ella, como si abrazara al mismísimo poeta. Prometo que la próxima vez que vuelva a Lisboa, abrazaré yo también a Pessoa, porqué así también le estaré abrazando a él, a través del tiempo, o del notiempo al que se refería, aquello tan bonito de que siempre hemos estado aquí, juntos, por tanto, siempre le estaremos abrazando.
Nada más, de momento. Nunes me presentaba cómo su biógrafo; por tanto, él era mi biografiado. Pero ha tenido la mala ocurrencia de dejarme solo, sin haberme instruido del todo en eso de ser intrépido. ¡Salud, amigo!
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